lunes, 5 de abril de 2010

En el árido suelo del resentimiento

Dejar tu nido. Alimentarme de cosechas ajenas esparcidas en este ahora tan árido suelo del resentimiento que ha de devolverme el aire de venus, aquel que se fue como la gravedad de las cosas. Las retinas cansadas, las grietas pituitarias y las orejas sangrientas de un dragon sin fuego, que dispara con sus manitas deformes suplicas terribles e inverosimilmente incomprensibles, complejisimas, pero tan profundas. Son notas de piano que juegan con los latidos del corazón y muerden con ahinco la flema desgarrada que se vierte sobre el cuerpo ya inerte de un triste cantor de versos desnaturalizadamente saqueado de su condicion de inocencia, y de sus venas de pasión.
No sin antes dirigirme a la catapulta del cielo, no sin antes velar por tres dias y sumergirme en agua sagrada, no sin antes decir que me has destruido dos veces seguidas sin el menor remordimiento perceptiblemente posible, no sin antes de sentir el frio agridulce de la impotencia y por sobre todo, no sin antes... perderte.

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